En la antigüedad, las sirenas eran criaturas parte pájaros, parte peces, con torso de mujer. «Lo sabemos todo», cantaban. Eran criaturas híbridas en la frontera entre el ser humano y animal, y poseían voces poderosas y misteriosas. Hoy, las sirenas son sobre todo señales sonoras de los autos de policía, bomberos o avisos de catástrofes. Con un reparto chileno-suizo, Manuela Infante, en dramaturgia y dirección, explora lo que las antiguas sirenas tienen que decirnos sobre nuestro mundo en estado de alarma.

En la antigüedad, las sirenas eran criaturas híbridas multifacéticas —mitad pájaro, mitad mujer— que atraían a los marineros a su perdición con su canto. Se situaban en la frontera entre la humanidad y la naturaleza, entre el conocimiento y el peligro.

Manuela Infante crea una odisea moderna: un ingeniero europeo, que lleva veinte años trabajando en el Salar de Atacama, observa sucesos inusuales que perturban cada vez más su percepción. En un paisaje sonoro polifónico, el desierto se presenta como un espacio fantasmal. Con humor lúdico y aguda perspicacia, la obra ilumina las contradicciones de un «colonialismo verde» en el que el Sur Global soporta los costos mientras el Norte Global se beneficia.

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